Eva M Cabezas
May 2026
Eva M
Cabezas
Plastic Surgery
Clínica Universidad de Navarra
Pamplona
,
Navarra
Spain
Pero, sobre todo, recuerdo a Eva, porque en su forma de ser se reflejaba algo más grande que la medicina: la certeza de que el cuidado auténtico nace del corazón.
Nomino a esta enfermera de Cirugía Plástica por encarnar, cada día, la esencia más profunda del cuidado de enfermería. Su excelencia profesional se une a una preocupación auténtica y constante por el bienestar físico y emocional de cada paciente, a quien acompaña con cercanía, respeto y una humanidad extraordinaria.
Desde Enfermedades Infecciosas, donde compartimos el cuidado de muchos pacientes complejos, he sido testigo de su compromiso incansable, su liderazgo silencioso y su capacidad para generar confianza incluso en los momentos más difíciles. Es una profesional que no solo cuida heridas, sino también personas. Su vocación, entrega y ejemplo la hacen plenamente merecedora del DAISY Award.
Esta Navidad ha hecho un año que volví a recibir la misma noticia de hace 18: un nuevo golpe en el pecho. Indudablemente no era la sorpresa de Reyes que esperaba, pero sí que fue un buen regalo el que la cirugía, está vez más complicada y agresiva, fuese exitosa y la evolución buena.
Verdaderamente se agradece y resulta de gran ayuda la sensación de que los profesionales se preocupan por ti, se muestran empáticos y te hacen sentir que te tratan con cariño. Esto ha sido lo que me ha hecho sentir Eva. Por el esmero y la exquisitez con que me realizó las curas físicas y el cariño en su trato personal tengo que darle las gracias, reconocer su excelente trabajo y manifestarle que su actuación ha colaborado de forma importante a mi recuperación integral.
Mi historia comienza con el verano del año 2018, cuando el mundo parecía avanzar con normalidad para todos, la vida de mi familia se paró, se detuvo de golpe. Un diagnóstico inesperado cayó como una tormenta sobre nosotros: una enfermedad grave que exigiría operaciones, tratamientos largos y una resistencia que nadie sabía si tendría. Fue entonces cuando comenzó nuestro camino en la Clínica Universidad de Navarra.
Los primeros días estuvieron llenos de miedo. Pasillos largos, luces blancas, puertas que se abrían y cerraban y la incertidumbre instalada en el corazón. Pero la Clínica tiene esa magia, que en medio de aquella fragilidad comienzan a aparecer rostros que, poco a poco, transformaron esas imágenes en algo más parecido a un hogar. Médicos que hablaban con serenidad, que explicaban cada paso con paciencia. Auxiliares que entraban en silencio para ayudar. Celadores que empujaban camillas con una sonrisa sincera y demás personal desempeñando sus funciones. Personas que no solo sabían de medicina, sino también de humanidad.
Entre todos ellos había una presencia que yo recordaría siempre: Eva Morillo.
Eva es enfermera. No hace ruido al entrar en la habitación, pero su llegada siempre cambia el ambiente. Tiene esa manera tranquila de mirar que transmite calma incluso antes de decir una palabra.
—Buenos días. Hoy vamos paso a paso.
Durante todos estos años ha habido varias operaciones. Hubo madrugadas difíciles, efectos de tratamientos, días en los que el cuerpo parecía rendirse. Pero cada vez que la esperanza flaqueaba, allí estaba Eva con una mezcla extraña y preciosa de profesionalidad y ternura.
Como cada trabajador de la Clínica, es muy profesional, pero también sabe algo que no aparece en los manuales: escuchar. Escuchar cuando el miedo sale en forma de preguntas. Escuchar cuando el cansancio se convierte en silencio.
—No estás sola.
Y no era una frase vacía.
En su manera de trabajar hay algo más profundo: una humildad que parece brotar de dentro, una dedicación que no busca reconocimiento, una paciencia que se repite día tras día, turno tras turno.
Empecé a darme cuenta de algo con el paso del tiempo. La Clínica Universidad de Navarra estaba llena de avances, ciencia, tecnología y conocimiento, sí. Pero también estaba llena de personas que vivían su trabajo como una forma de servicio. Había algo profundamente cristiano en ese modo de cuidar. Como si cada gesto —cambiar un apósito, traer agua, tomar las constantes o ese "¿necesita algo?"— fuera también una forma silenciosa de amar al prójimo.
Los años pasaron. 2019, 2020, 2021, 2022, 2023, 2024 y 2025. Cada etapa traía nuevas batallas. Nuevos tratamientos. Alguna recaída. También pequeñas victorias que sabían a milagro. Y siempre, en algún momento del proceso, aparecía Eva. A veces con una palabra de ánimo. A veces con una simple presencia tranquila.
En una ocasión, después de una operación especialmente dura, le dije:
No sé cómo agradecer todo lo que hacéis.
Eva bajó un poco la mirada, como si el agradecimiento le resultara demasiado grande.
Nosotros solo hacemos nuestro trabajo.
Pero yo sabía que no era solo trabajo. Era bondad. Era profesionalidad. Era dedicación. Era paciencia. Todo regado por un aliño silencioso de humildad y decorado con ese valor humano que no se aprende en ninguna universidad.
Ahora, en 2026, sigo luchando sin bajar la guardia con esperanza, ilusión y desbordada de fe. He aprendido a vivir valorando cosas que antes pasaban desapercibidas: una mañana tranquila, una conversación con la familia, hablar más con mis hijas, un café con mi marido, la fe que sostiene cuando las fuerzas faltan.
Y cada vez que recuerdo estos años de batalla, mi memoria vuelve inevitablemente a los pasillos de la Clínica Universidad de Navarra. A los médicos que estudiaron cada uno de mis casos con rigor, a todos aquellos profesionales que se sentaron junto a mi cama y me regalaron su tiempo, al personal que trabajó con una entrega silenciosa. A las manos que cuidaron con respeto y delicadeza.
Pero, sobre todo, recuerdo a Eva, porque en su forma de ser se reflejaba algo más grande que la medicina: la certeza de que el cuidado auténtico nace del corazón.
Estoy convencida de que, en lugares así, entre monitores, quirófanos y turnos interminables, Dios también camina por los pasillos… muchas veces vestido con el uniforme sencillo de una enfermera llamada Eva.
Es maravilloso contemplar cómo la atención, amabilidad, calor humano y entrega personal de la enfermera Eva Morillo nos ha dado y sigue dando, en muchos aspectos, la fuerza necesaria en el proceso de operaciones, tratamientos y demás cambios que mi esposa, Sonia, aún continúa trabajando para seguir adelante.
Estamos muy agradecidos a esta enfermera. Para nosotros es parte de la familia y consideramos que es una parte fundamental dentro de la Clínica Universidad de Navarra.
***
Testimonio de la hija de 16 años del paciente:
Mi madre ha pasado por varios cánceres durante estos últimos años, y he de decir que yo, en ciertos momentos, he sentido miedo y pena debido a que no debe de ser fácil que te diagnostiquen algo así más de una vez. Muchas veces he intentado ponerme en la piel de mi madre y, la verdad, no sabría describir cómo me sentiría yo, pero sinceramente intentaría ser como ella, que siempre intenta tomarse todo de una forma positiva, y hasta en los momentos más oscuros sabe encontrar algo de luz.
En este caso, esa luz de la que hablo ha formado parte la enfermera Eva Morillo, que para mi madre y para nosotros se ha convertido en una gran amiga. Aunque solo haya tenido ocasión de verla algo más de cuatro veces, la recuerdo con mucho cariño, porque aunque la conozca muy poco, si ha supuesto (y supone) un gran apoyo en la vida de mi madre, entonces es una de mis mejores amigas.
Cuando mi madre estaba ingresada en Pamplona, yo no sabía cómo reaccionar, porque te sientes tan vulnerable que sientes que todo depende de cada medicación, de los médicos y rezas porque no ocurra nada. Cuando mi madre salió de Pamplona sana, gracias a los médicos (a los que, por cierto, agradezco muchísimo todo el cariño y esfuerzo que depositan en las revisiones de mi madre y, en general, a mis padres), yo estaba muy aliviada.
Como es costumbre, siempre le pregunto a mamá cómo se ha sentido, si está mejor… pero siempre me mencionaba a la misma persona: Eva. Y siempre era costumbre que destacase el cariño que ella tenía hacia ella junto al apoyo que había tenido durante su enfermedad.
Al pasar el tiempo, entendí y comprendí que Eva, aparte de haber supuesto un gran apoyo para mi madre, también podía suponer para mí un aprendizaje en mi vida, una lección que podría cambiar la manera de ver el mundo cuando parece que todo se puede derrumbar. Entendí que la lección era que el cariño, a veces, es la mejor medicina en momentos difíciles.
Me gustaría agradecer a la enfermera Eva Morillo por todo el apoyo que le ha brindado a mi madre, a mi familia y por haber significado un aprendizaje muy importante en mi vida.
Ayudó a mi cuñada en los peores momentos de su vida y estaremos siempre agradecidos. Cercanía con el paciente, en este caso familiar.
Desde Enfermedades Infecciosas, donde compartimos el cuidado de muchos pacientes complejos, he sido testigo de su compromiso incansable, su liderazgo silencioso y su capacidad para generar confianza incluso en los momentos más difíciles. Es una profesional que no solo cuida heridas, sino también personas. Su vocación, entrega y ejemplo la hacen plenamente merecedora del DAISY Award.
Esta Navidad ha hecho un año que volví a recibir la misma noticia de hace 18: un nuevo golpe en el pecho. Indudablemente no era la sorpresa de Reyes que esperaba, pero sí que fue un buen regalo el que la cirugía, está vez más complicada y agresiva, fuese exitosa y la evolución buena.
Verdaderamente se agradece y resulta de gran ayuda la sensación de que los profesionales se preocupan por ti, se muestran empáticos y te hacen sentir que te tratan con cariño. Esto ha sido lo que me ha hecho sentir Eva. Por el esmero y la exquisitez con que me realizó las curas físicas y el cariño en su trato personal tengo que darle las gracias, reconocer su excelente trabajo y manifestarle que su actuación ha colaborado de forma importante a mi recuperación integral.
Mi historia comienza con el verano del año 2018, cuando el mundo parecía avanzar con normalidad para todos, la vida de mi familia se paró, se detuvo de golpe. Un diagnóstico inesperado cayó como una tormenta sobre nosotros: una enfermedad grave que exigiría operaciones, tratamientos largos y una resistencia que nadie sabía si tendría. Fue entonces cuando comenzó nuestro camino en la Clínica Universidad de Navarra.
Los primeros días estuvieron llenos de miedo. Pasillos largos, luces blancas, puertas que se abrían y cerraban y la incertidumbre instalada en el corazón. Pero la Clínica tiene esa magia, que en medio de aquella fragilidad comienzan a aparecer rostros que, poco a poco, transformaron esas imágenes en algo más parecido a un hogar. Médicos que hablaban con serenidad, que explicaban cada paso con paciencia. Auxiliares que entraban en silencio para ayudar. Celadores que empujaban camillas con una sonrisa sincera y demás personal desempeñando sus funciones. Personas que no solo sabían de medicina, sino también de humanidad.
Entre todos ellos había una presencia que yo recordaría siempre: Eva Morillo.
Eva es enfermera. No hace ruido al entrar en la habitación, pero su llegada siempre cambia el ambiente. Tiene esa manera tranquila de mirar que transmite calma incluso antes de decir una palabra.
—Buenos días. Hoy vamos paso a paso.
Durante todos estos años ha habido varias operaciones. Hubo madrugadas difíciles, efectos de tratamientos, días en los que el cuerpo parecía rendirse. Pero cada vez que la esperanza flaqueaba, allí estaba Eva con una mezcla extraña y preciosa de profesionalidad y ternura.
Como cada trabajador de la Clínica, es muy profesional, pero también sabe algo que no aparece en los manuales: escuchar. Escuchar cuando el miedo sale en forma de preguntas. Escuchar cuando el cansancio se convierte en silencio.
—No estás sola.
Y no era una frase vacía.
En su manera de trabajar hay algo más profundo: una humildad que parece brotar de dentro, una dedicación que no busca reconocimiento, una paciencia que se repite día tras día, turno tras turno.
Empecé a darme cuenta de algo con el paso del tiempo. La Clínica Universidad de Navarra estaba llena de avances, ciencia, tecnología y conocimiento, sí. Pero también estaba llena de personas que vivían su trabajo como una forma de servicio. Había algo profundamente cristiano en ese modo de cuidar. Como si cada gesto —cambiar un apósito, traer agua, tomar las constantes o ese "¿necesita algo?"— fuera también una forma silenciosa de amar al prójimo.
Los años pasaron. 2019, 2020, 2021, 2022, 2023, 2024 y 2025. Cada etapa traía nuevas batallas. Nuevos tratamientos. Alguna recaída. También pequeñas victorias que sabían a milagro. Y siempre, en algún momento del proceso, aparecía Eva. A veces con una palabra de ánimo. A veces con una simple presencia tranquila.
En una ocasión, después de una operación especialmente dura, le dije:
No sé cómo agradecer todo lo que hacéis.
Eva bajó un poco la mirada, como si el agradecimiento le resultara demasiado grande.
Nosotros solo hacemos nuestro trabajo.
Pero yo sabía que no era solo trabajo. Era bondad. Era profesionalidad. Era dedicación. Era paciencia. Todo regado por un aliño silencioso de humildad y decorado con ese valor humano que no se aprende en ninguna universidad.
Ahora, en 2026, sigo luchando sin bajar la guardia con esperanza, ilusión y desbordada de fe. He aprendido a vivir valorando cosas que antes pasaban desapercibidas: una mañana tranquila, una conversación con la familia, hablar más con mis hijas, un café con mi marido, la fe que sostiene cuando las fuerzas faltan.
Y cada vez que recuerdo estos años de batalla, mi memoria vuelve inevitablemente a los pasillos de la Clínica Universidad de Navarra. A los médicos que estudiaron cada uno de mis casos con rigor, a todos aquellos profesionales que se sentaron junto a mi cama y me regalaron su tiempo, al personal que trabajó con una entrega silenciosa. A las manos que cuidaron con respeto y delicadeza.
Pero, sobre todo, recuerdo a Eva, porque en su forma de ser se reflejaba algo más grande que la medicina: la certeza de que el cuidado auténtico nace del corazón.
Estoy convencida de que, en lugares así, entre monitores, quirófanos y turnos interminables, Dios también camina por los pasillos… muchas veces vestido con el uniforme sencillo de una enfermera llamada Eva.
Es maravilloso contemplar cómo la atención, amabilidad, calor humano y entrega personal de la enfermera Eva Morillo nos ha dado y sigue dando, en muchos aspectos, la fuerza necesaria en el proceso de operaciones, tratamientos y demás cambios que mi esposa, Sonia, aún continúa trabajando para seguir adelante.
Estamos muy agradecidos a esta enfermera. Para nosotros es parte de la familia y consideramos que es una parte fundamental dentro de la Clínica Universidad de Navarra.
***
Testimonio de la hija de 16 años del paciente:
Mi madre ha pasado por varios cánceres durante estos últimos años, y he de decir que yo, en ciertos momentos, he sentido miedo y pena debido a que no debe de ser fácil que te diagnostiquen algo así más de una vez. Muchas veces he intentado ponerme en la piel de mi madre y, la verdad, no sabría describir cómo me sentiría yo, pero sinceramente intentaría ser como ella, que siempre intenta tomarse todo de una forma positiva, y hasta en los momentos más oscuros sabe encontrar algo de luz.
En este caso, esa luz de la que hablo ha formado parte la enfermera Eva Morillo, que para mi madre y para nosotros se ha convertido en una gran amiga. Aunque solo haya tenido ocasión de verla algo más de cuatro veces, la recuerdo con mucho cariño, porque aunque la conozca muy poco, si ha supuesto (y supone) un gran apoyo en la vida de mi madre, entonces es una de mis mejores amigas.
Cuando mi madre estaba ingresada en Pamplona, yo no sabía cómo reaccionar, porque te sientes tan vulnerable que sientes que todo depende de cada medicación, de los médicos y rezas porque no ocurra nada. Cuando mi madre salió de Pamplona sana, gracias a los médicos (a los que, por cierto, agradezco muchísimo todo el cariño y esfuerzo que depositan en las revisiones de mi madre y, en general, a mis padres), yo estaba muy aliviada.
Como es costumbre, siempre le pregunto a mamá cómo se ha sentido, si está mejor… pero siempre me mencionaba a la misma persona: Eva. Y siempre era costumbre que destacase el cariño que ella tenía hacia ella junto al apoyo que había tenido durante su enfermedad.
Al pasar el tiempo, entendí y comprendí que Eva, aparte de haber supuesto un gran apoyo para mi madre, también podía suponer para mí un aprendizaje en mi vida, una lección que podría cambiar la manera de ver el mundo cuando parece que todo se puede derrumbar. Entendí que la lección era que el cariño, a veces, es la mejor medicina en momentos difíciles.
Me gustaría agradecer a la enfermera Eva Morillo por todo el apoyo que le ha brindado a mi madre, a mi familia y por haber significado un aprendizaje muy importante en mi vida.
Ayudó a mi cuñada en los peores momentos de su vida y estaremos siempre agradecidos. Cercanía con el paciente, en este caso familiar.